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Los gorros de Papá Noel también sirven para el frío

Dice el refrán que en febrero busca la sombra el perro. No sé quién escribiría esto. Un español no. Seguro. Quizás un australiano, que según había escuchado, las cosas allí van al revés; el clima, el agua de las cisternas e incluso las direcciones. Si su padre viviera y la escuchara decir esto le hubiese pegado un bofetón. O dos. O tres. Y su madre observaría con su sonrisa maléfica mientras la insultaba. Por muchos años que pasaran no lograba deshacerse de ese lastre y un pozo de odio iba creciendo día a día en sus entrañas. Como en ese mismo gélido día de febrero, cuando se cruzó con su madre en la sucia y estrecha acera. Es verdad que no tenía su rostro ni su voz. Pero era ella. Lo sabía. Se reía. Y casi podía escuchar sus pensamientos. La llamaba fracasada, por su aspecto sucio y desaliñado, por su olor a sudor, a vino y a calle. Pero esta vez se vengó de ella. Por todo lo que le hizo pasar cuando era niña y por todo lo que le estaba haciendo pasar aún después de estar...

Sueños

Esperanzas vanas en otro lugar, esperanzas falsas que vienen y van. Arbolitos verdes no quiero soñar. Sus hojas mecidas por brisa estival. Cerrando los ojos me dejo llevar por suaves arrullos del aire al vibrar. Perfumes que el viento enseña a volar resbalan traviesos cubriendo mi faz. Arbolitos verdes no quiero soñar. Nubes de tormenta taen la tempestad. Un halo secreto envuelve el pinar. Susurros lejanos presiento escuchar. Mi sangre se hiela, intento escapar. Ficticios fantasmas sospecho detrás. Arbolitos verdes no quiero soñar. El agua en la fuente comienza a cantar. Su canto de plata, sonido de paz, destila pureza, invita a soñar. Me siento en la yerba, y veo bajar pequeños gorriones que buscan nadar. Arbolitos verdes no quiero soñar. Pero si no sueño, ¿qué me ha de quedar?

Recuerdo azul

Era un día despejado, la primera vez que vi el mar. En el cielo el Sol dorado hacía las olas brillar. Vasto espejismo azulado, de noche te veo alumbrar con llama el cielo apagado. ¡Cuando te volveré a mirar!

Lágrimas de hielo

El viento formaba gigantescos fantasmas que rugían con sonidos de nieve. La pequeña carreta era una mota sobre el blanco desierto helado, que avanzaba penosamente tirada por un cansado burrito gris. Sobre ella cuatro rostros silenciosos, padre, madre y dos hijos, huyendo de la misería que les perseguía. Pero ella era más rápida que la destartalada carreta y agarró con fuerza al más pequeño de los dos hermanos. Se introdujo por los agujeros de sus zapatos, por su camisa sin mangas y por sus grandes ojos desnutridos. Cuando llegaron, el pequeño ya dormía para nunca despertar. Y su madre lloró. Como lloran las almas derrotadas; con la cara seca de lágrimas congeladas antes de nacer.

Al son de la lluvia

Llueve. Las gotas golpean todo con su somnoliento clic-clac. Llueve. Hace tanto que abajo, en el interior del metro, las penas se mojan, se entumecen y se acartonan. La amargura tiene el alma dormida. Quizás porque así duele menos. O quizás es por no enfrentarla a los ojos.

Lágrimas de sal

Me desprecias porque no nací aquí. Pero este Sol que se aparece en el horizonte sobre el cielo arrebolado, y que calienta la fragante brisa viajera, es el mismo que toca con sus dedos la tierra de mi lejano hogar. Estas mismas aguas cristalinas de la playa del alba embisten enfurecidas, con otro nombre, las negras rocas sobre las que murió el padre del padre de mi madre. Y cuando lloro mis lágrimas también son de sal. Si te ha gustado, por favor, ¡¡visita mi página en ko-fi y ayúdame con un pequeño donativo!! 😉 https://ko-fi.com/laslagrimasdecasiopea

Perspicacia

—Presiento que quiere decirme algo —dijo el conductor del autobús cuando, después de saltarse el semáforo en rojo, vio a aquel anciano que con gesto furioso le hacía gestos con un dedo.