Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como Fantasía

El primer Dios del hombre

El Espíritu-Dios era fuerte, temible, poderoso. Pero se mostraba ahora dócil para él, Ashram, jefe de la tribu de los Hombres, el que había visto más de 400 lunas, el temido por su fuerza y respetado por su inteligencia. A pesar de que el paso del tiempo lo había convertido en un anciano al que le dolían los huesos y le faltaban casi todos los dientes, el Gran Espíritu lo había elegido a él, dándole un nuevo motivo de respeto a la vista de los demás. Ashram había aprendido a alimentar al Dios cuando éste se encontraba débil y hambriento, y sabía calmarlo cuando su esencia salvaje despertaba. Lo cuidaba, hablaba con él. Pero el anciano sabía que esto no sería suficiente para aplacar la sed del Gran Espíritu de luz. No dudaba de que llegaría el día en que reclamaría su pago. Y sería un alto precio. El anciano colocó al Espíritu dormido en una cama de virutas de madera y sopló suavemente para llamarlo a la vida. Y despertó. Con su sonido crepitante. Lo siguió alimentando con rami...

Río a ninguna parte

Cerró los ojos. Con fuerza. Hasta que dolió. Sólo así podía escuchar el agua resbalando por las suaves piedras, susurrándole palabras de consuelo en el idioma de los ríos. Todo era azul con los ojos cerrados; el cielo sin nubes y la brisa con olor a vida. Los abrió y el pequeño cervatillo que pastaba en la orilla ya no estaba. A cambio un monstruo de ojos amarillos y dientes mortales lo miraba quedamente. Y las aguas, antes límpidas y cantarinas, eran de un líquido rojo y maloliente. —Exactamente como olería el infierno si existiese —pensó. La noche alcanzó a la oscuridad y el pantano se llenó de ruidos extraños, lamentos, voces de seres inverosímiles. El monstruo seguía mirándolo, con ojos que se saben vencedores antes siquiera de comenzar la batalla. A pesar de estar atrapado en el barro consiguió mirar un instante al cielo, con la esperanza de poder ver por última vez, entre las infinitas estrellas, aquella que llamaban Sol. El demonio de ojos amarillos comenzó a avanzar ha...

Leyenda

—La transmigración está muy cerca. —Si. Lo sé —dijo amargamente, con la mirada fija en el horizonte. Cuando pensó que nunca más volvería a ver las bellas puestas de sol de su planeta, algo en el resplandor amarillo de sus pequeñas alitas perdió vitalidad. Observó como las dos lunas se acercaban la una a la otra en el frío cielo nocturno, sobre las montañas. Y recordó la leyenda de los amantes que se reúnen furtivamente, aprovechando la ausencia del Dios Sol, guardián del mundo, que impide que los dos enamorados se encuentren y provoquen el fin del mundo. La simpatía que había sentido de pequeña por los dos amantes se había esfumado completamente. Dentro de poco tiempo los dos satélites se unirían por vez primera desde que el mundo era mundo—. Todas las leyendas tienen algo de cierto, ¿no te parece? —las palabras rasgaron el aire pesadamente, envueltas por la pena que emanaba sobre sus cabezas en una nube de color morado. Ahora, a pesar de haber transcurrido más de 200 años, recordab...

El principio

Al principio sólo había oscuridad Un ente flotaba en la bruma de aquel mundo sin color, con la consciencia dormida. ¿Existía algún ser parecido? No lo sabía. Tampoco recordaba si alguna vez lo había sabido. No importaba. Nada importaba en el Universo eternamente frío. "Llegó el nacimiento del tiempo y todas las leyes no escritas le rindieron tributo". Luz. Calor. Un haz de ondas luminosas calentaron sus átomos. Comenzaron a despertar los sentidos que jamás creyó tener. Nuevos colores nacieron en la noche desconocida. Inundaron su mente con olores sin nombre y sabores por descubrir. Cuerpos perfectos se movieron sin notar su presencia. Bailando con veloz armonía, aletados por una música sin sonido. Todo era hermoso alrededor. No recordaba ya que las cosas hubieran sido alguna vez diferentes. ¿Cómo podía ser el mundo sino así? El Universo era maravilloso de ver, pero tan extenso que su ímpetu se fatigó, y su nuevo instinto temporal lo empujó a buscar refugio en...

El Hechicero

Era demasiado pequeño para su edad pero en sus brazos cansados parecía pesar cada vez más. Los baches del camino hacían que el pequeño cuerpo se moviese como si fuera de trapo. Todo el clan estaba pendiente de ella y de su pequeño enfermo. Sentía sus corazones junto con el suyo. No los iban a dejar atrás en su camino a las tierras del valle, pero día a día veía como su pequeña luz se iba apagando sin poder hacer nada. Una idea había estado formándose en su cabeza y ahora, mientras apartaba las moscas que se arremolinaban alrededor de sus diminutos ojos, sorbiendo su espíritu vital, supo que había tomado una decisión. El Hechicero habitaba en las montañas del norte. Era un camino desconocido a pesar de no estar lejos. La infinidad de espantosas historias contadas en todos los clanes vecinos hacía que nadie se atreviese a rondar por la zona. El Hechicero, se decía, era temido por los espíritus. Y se hablaba de gente enferma que había sanado pero también de gente sana que había mue...