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Lola

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   En la suave oscuridad del profundo salón las sordas luces del televisor saltaban sobre las paredes como fantasmagóricas apariciones. Las sombras en su interior se movían silenciosas al son de una música etérea. Lola emitió su ronco sonido. Señaló hacia la pantalla, hizo el gesto de acunar y después se señaló a sí misma. —¿Qué dices Lola? —La chica rubia que llegó a la casa después del verano movió los labios en una pregunta—. Es un anuncio de pañales —continuó moviendo los labios mientras la miraba fijamente a los ojos—. ¿Dices que te gustan los bebés? —¡No! —exclamó Elvira, la morena que llegó a la casa ya hace dos años —. Dice que quiere tener un bebé. Lola negó con la cabeza. Se señaló con énfasis e hizo nuevamente el gesto de acunar. —Que alguien traiga un papel —. Dijo otra de las chicas, la pecotosa que vino hace seis meses. Aunque Lola no lo supo porque estaba de espaldas. —Lola escribe lo que nos quieres decir. YO TENGO BEBÉ. ...

Lágrimas de Luna

La luna lloró sangre, miedo y pena. Y yo también lloré, no se si fue mañana o si es ayer. Lloré por gente que no conocía. Lloré con lágrimas que no eran mías. Si te ha gustado, por favor, ¡¡visita mi página en ko-fi y ayúdame con un pequeño donativo!! 😉 https://ko-fi.com/laslagrimasdecasiopea

Podría ser yo. Podrías ser tú.

No tengo nada. Ni voz. Ni sonido. Y todo lo que veo está oscuro, sucio y empañado por las lágrimas.

Mi camino

El camino es escarpado y siniestro, como un corazón sin risas. Cada paso lacera mi alma. Pero a pesar de que conozco el final, y sé que es sombrío, sigo hacia delante porque es mi camino. Lleva mi nombre grabado en sus piedras.

Los gorros de Papá Noel también sirven para el frío

Dice el refrán que en febrero busca la sombra el perro. No sé quién escribiría esto. Un español no. Seguro. Quizás un australiano, que según había escuchado, las cosas allí van al revés; el clima, el agua de las cisternas e incluso las direcciones. Si su padre viviera y la escuchara decir esto le hubiese pegado un bofetón. O dos. O tres. Y su madre observaría con su sonrisa maléfica mientras la insultaba. Por muchos años que pasaran no lograba deshacerse de ese lastre y un pozo de odio iba creciendo día a día en sus entrañas. Como en ese mismo gélido día de febrero, cuando se cruzó con su madre en la sucia y estrecha acera. Es verdad que no tenía su rostro ni su voz. Pero era ella. Lo sabía. Se reía. Y casi podía escuchar sus pensamientos. La llamaba fracasada, por su aspecto sucio y desaliñado, por su olor a sudor, a vino y a calle. Pero esta vez se vengó de ella. Por todo lo que le hizo pasar cuando era niña y por todo lo que le estaba haciendo pasar aún después de estar...

Lágrimas de hielo

El viento formaba gigantescos fantasmas que rugían con sonidos de nieve. La pequeña carreta era una mota sobre el blanco desierto helado, que avanzaba penosamente tirada por un cansado burrito gris. Sobre ella cuatro rostros silenciosos, padre, madre y dos hijos, huyendo de la misería que les perseguía. Pero ella era más rápida que la destartalada carreta y agarró con fuerza al más pequeño de los dos hermanos. Se introdujo por los agujeros de sus zapatos, por su camisa sin mangas y por sus grandes ojos desnutridos. Cuando llegaron, el pequeño ya dormía para nunca despertar. Y su madre lloró. Como lloran las almas derrotadas; con la cara seca de lágrimas congeladas antes de nacer.

Lágrimas de sal

Me desprecias porque no nací aquí. Pero este Sol que se aparece en el horizonte sobre el cielo arrebolado, y que calienta la fragante brisa viajera, es el mismo que toca con sus dedos la tierra de mi lejano hogar. Estas mismas aguas cristalinas de la playa del alba embisten enfurecidas, con otro nombre, las negras rocas sobre las que murió el padre del padre de mi madre. Y cuando lloro mis lágrimas también son de sal. Si te ha gustado, por favor, ¡¡visita mi página en ko-fi y ayúdame con un pequeño donativo!! 😉 https://ko-fi.com/laslagrimasdecasiopea

Corazón negro

Era una roca dura, negra y áspera. Con infinitos recovecos oscuros y sucios, donde se escondían viejos fantasmas, dispuestos a atacar al menor indicio de debilidad. El océano, impartidor de la justicia eterna, chocaba contra el tenebroso acantilado, con eterno coraje. Pero, en vez de debilitarla, la vieja escarpa se iba quedando, a cada envite de las olas, un pellizco de su alma.

El yugo de la antimusa

Sólo frente a los folios en blanco, los nervios iban agarrándole el estómago, cada vez más profundamente, como los micelios de un hongo, extendiendo su red poco a poco, llegando incluso a alcanzar su cerebro; paralizándolo.  Era una sensación muy extraña. Había un historia atrapada en su interior. Casi podía visualizar las palabras que formaban su alma, pero no recordaba su nombre ni su aroma. Algo no la dejaba salir, y si no hacía nada por evitarlo acabaría desvaneciéndose. Como un espíritu exorcizado. Derrotado, se fue a dormir. En ese trance del duermevela, en el silencio arenoso de la oscuridad, el espíritu encerrado lo llamó. Y alguna chispa se encendió en su interior, haciendo que las ideas brotaran libres, y las palabras comenzaran a salir, ordenadas y con sentido. Leyó el texto escrito, como si fuese de un extraño. Y una lágrima se deslizó por su rostro. ¡El espíritu dormido era tan hermoso¡