Lola

   En la suave oscuridad del profundo salón las sordas luces del televisor saltaban sobre las paredes como fantasmagóricas apariciones. Las sombras en su interior se movían silenciosas al son de una música etérea.
Lola emitió su ronco sonido. Señaló hacia la pantalla, hizo el gesto de acunar y después se señaló a sí misma.

—¿Qué dices Lola? —La chica rubia que llegó a la casa después del verano movió los labios en una pregunta—. Es un anuncio de pañales —continuó moviendo los labios mientras la miraba fijamente a los ojos—. ¿Dices que te gustan los bebés?

—¡No! —exclamó Elvira, la morena que llegó a la casa ya hace dos años —. Dice que quiere tener un bebé.

Lola negó con la cabeza. Se señaló con énfasis e hizo nuevamente el gesto de acunar.

—Que alguien traiga un papel —. Dijo otra de las chicas, la pecotosa que vino hace seis meses. Aunque Lola no lo supo porque estaba de espaldas.

—Lola escribe lo que nos quieres decir.

YO TENGO BEBÉ.
Escribió con grandes letras irregulares.

—¿Qué? —El revuelo que se formó a su alrededor fue tan grande que casi podía sentir las ondas sonoras impactando sobre su piel.

—¿Dónde está? ¿Cuántos años tiene? ¿Cómo se llama? —Los ojos de Lola se llenaron con el movimiento de todas esas preguntas que no sabía responder, y un fuego rojo de impotencia le subió hasta las mejillas.

Pero comenzó de nuevo el concurso en la hipnótica pantalla y las chicas cambiaron su atención, igual de rápido que aquella casa cambiaba de habitantes, mientras que ella siempre permanecía...


Ella siempre estaba allí. En su habitación con vistas al parque. Como una roca viendo pasar la vida a cámara rápida.


Lola continuó con su cena en la mesa de macera carcomida. Una lágrima invisible recorrió su mejilla mientras recordaba el olor de su bebe.

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