miércoles, 17 de abril de 2013

La frágil luz de la emoción

Este es un relato que presente a un concurso organizado por un taller de escritura (que por supuesto no gané). El tema era Tecnología y vida cotidiana.




Ya quedaba poco para la conexión con su planeta natal. Ésta era la cuarta misión que realizaba su raza a lo largo de la historia en ese planeta. Contactar con otras vidas, otras inteligencias había sido el objetivo desde el principio.

10, 9, 8,

El germen de la vida fue encontrado ya en el primer viaje, y desde entonces sus ojos habían estado pendientes de aquel mundo en ciernes, esperando a que la vida se abriera paso hacia la evolución.

7, 6, 5,

Se preparó para el enlace inminente. Se colocó sobre una roca soleada a esperar. Durante la conexión perdería su individualidad para formar parte del conjunto conectado. Eso lo desagradaba de un modo casi enfermizo. Intentó no pensar en ello. Había mucho que contar. Sabía que llegado el momento las ideas fluirían solas.

4, 3, 2, 1.

Su mente se fue escurriendo hacia la negra turbulencia de mentes. Lentamente. Lánguidamente. Notó la presencia de sus otros congéneres. No eran muchos. Sintió que su cuerpo estaba cerca aunque en realidad estaba a muchos años luz de distancia. Era el efecto que producían las conexiones. Lo llamaban el triple lazo. La mente necesitaba regresar al cuerpo, aunque no por completo, así que parecía estar en tres sitios al mismo tiempo. Molécula a molécula su mente se fue vaciando de información, que fue ocupada por conocimientos que antes no estaban, pero era como si hubieran estado en su pensamiento siempre, como si fueran propios. Vio un bosque, un río, rocas. Evolución burbujeante e involución inevitable conviviendo juntas, revueltas, abigarradas. Todo aquel planeta estaba repleto de vida en cada centímetro de su superficie. El planeta azul. Vida primitiva en su mayor parte, pero por fin ahí estaba lo que buscaban. Alguien con quien comunicarse. Alguien con quien intercambiar información. Alguien que significaba saber que no estaban solos. Una sensación de impaciencia se coló en su mente, indeterminada pero proveniente sin duda de su planeta. Urgencia por saber ya cosas de los seres inteligentes encontrados. ¡Pero no se daban cuenta de lo hermoso que era todo! Y esa luz dorada: el Sol. Era algo indescriptible. Lo perdonó porque no podía ser apreciado a través del espacio. Sus pensamientos dirigidos se centraron entonces en esas criaturas extrañas, y sin duda inteligentes. ¿Serían capaces de comunicarse con ellas? Todavía no lo habían conseguido. Vivían en simbiosis con otras criaturas, más primitivas. Ambas se necesitaban de tal manera que casi con seguridad una no podría existir sin la otra. Las criaturas primitivas alimentaban y cuidaban físicamente de las más evolucionadas, las adoraban como a un Dios. A cambio recibían códigos y zumbidos, luces, imágenes y frío calor azul. Algo incomprensible, pero al parecer vital para ellos. La nebulosa de mentes volvió a pronunciarse, había una cosa que les inquietaba. Se dirigían a él particularmente. Conocían de su espíritu independiente. Su mensaje era claro. Debía centrarse en establecer comunicación con aquellas criaturas evolucionadas.

La conexión terminó.

Allí, sobre la roca, los rayos del Sol lo atravesaban sin llegar a rozarlo, pero se imaginó lo deliciosos que estarían si pudiera tocarlos, y sintió una punzada de dolor al pensar que jamás podría hacerlo. En algunos momentos la sensación de estar allí presente era tan real que llegaba a creerlo. Con pesar abandonó la roca y se dirigió a cumplir su objetivo. Intentó la comunicación con uno de los seres evolucionados, uno de los más grandes. Geno 3.0 se llamaba. Lo había estudiado en otras ocasiones, pero siempre sin éxito de comunicación.

El fracaso lo desesperó. Ahora que estaba libre del peso de la conciencia comunitaria, siguió el impulso que lo perseguía desde que llegó. Se deslizó libremente por aquel planeta, disfrutando de sus singularidades, sin pensar en nada. Ni siquiera en la frustración que sentía. Y sin saber cómo, se encontró en un lugar particular. Era la morada de una de las criaturas primitivas. Entró en una de las habitaciones. Estaba repleta de objetos sin utilidad aparente. Algo allí era diferente al resto de las otras moradas. Algo faltaba. Lo buscó con incredulidad, pero no estaba; el humano que vivía allí estaba disociado. Estaba sentado en un sofá, y mientras apuntaba símbolos en un papel, de su garganta brotaban sonidos tan bellos como jamás hubiera escuchado antes. Las ondas cristalinas hicieron vibrar profundo el aire, hasta llegar al interior de su esencia etérea. Y pudo saborearlas. Y era el sabor más delicioso que jamás había probado. Dulce y delicado.

Su mano incorpórea tocó uno de los objetos, que cayó al suelo con un estruendo.

El humano hizo un silencio inmediato, asustado.

— ¡No pares por favor! —deseó intensamente—.

— ¿Quién anda ahí? —susurró el humano con tensión en su gesto, como si hubiera escuchado sus palabra-pensamientos.

Un pinchazo de emoción recorrió su inexistente cuerpo. No era posible que el humano lo hubiese percibido. ¡Nadie nunca hasta ahora en aquel planeta lo había hecho!

El humano se acercó hacia donde se encontraba su esencia, tratando de ser amenazante, pero lo que demostró fue lo frágil que en realidad era. Se encontraron frente a frente. Y entonces supo que no quería más conexiones. Y supo, sin importarle, que su cuerpo vagaría por la no-existencia por el resto de la eternidad.

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